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Posts Tagged ‘Marcel’

Marcel (5 de 5)

A los papás de Marcel se les había borrado la sonrisa de la cara.

Los psicólogos se iban pasando su expediente como si fuera una pelota. Mientras debajo de ellos, Marcel los contemplaba impotente, sin saber, a ciencia cierta, dónde estaba el problema.

No entendía por qué tenía que ir al médico, cuando no lo dolía nada.

Y en el fondo de sus pensamientos, cavilaba si le tendrían que pinchar, como cuando se cortó con la barandilla de la escalera y le tuvieron que poner la antitetánica.

¡De ninguna manera! Se dijo resolutivo. Aquella fue una mala experiencia que no quería que se repitiera.

Como cuando aquella vez que casi perdió el bañador en natación y todas las niñas de Tercero B le vieron el culo, o cuando aquella vez, cuando Spiderman se quedó sin tela de araña frente al Dr. Octopus y sólo quedaban dos minutos para que estallara la central nuclear de Metropolis.

Sin duda alguna, había que actuar por que una cosa es que te vean el culo o que explote una central nuclear y otra muy distinta que te tengan que poner una inyección enorme.

A la hora del patio, le volvieron a llamar a la sala de profesores.

Allí erguido como el palo de la bandera del colegio, estaba el psicoanalista.

Le saludó amablemente, como si hubieran cambiado cromos toda la vida y le invitó a que se sentara.

Encima de la gran mesa de reuniones, había una hoja y unos lápices de colores.

El psicoanalista, le pidió como un favor que volviera a hacer un dibujo con el caballero, la princesa y el dragón.

Marcel estaba ya un poco cansado de esta historia, pero dibujar le gustaba mucho más que que le pincharan, así que accedió sin hacer objeciones.

El doctor lo examinaba minucioso. Marcel, indiferente contemplaba las poisibilidades que ofrecía la gran mesa de reuniones como pista para jugar a las chapas. El doctor, suspiró largamente y le expuso el dibujo.

–         Vamos a ver Marcel, explícame esto – dijo señalando el dibujo.

–         ¿Explicar qué? – preguntó Marcel.

–         En el dibujo, se podía observar a una princesa armada con un enorme mandoble, luchando contra un caballero fuertemente armado, mientras desde la torre, un dragón con ojos de cordero degollado se estremecía con toda la violencia de la escena.

–         ¿Por qué? – insistió el psicoanalista.

–         El caballero ha secuestrado al dragón de la princesa y ésta va a rescatarlo – dijo Marcel triunfante, ante la desesperación del doctor.

Marcel había decidido cambiar un poquito la historia. Ya la había dibujado muchas veces y era realmente divertido engañar al doctor por que ponía unas caras rarísimas cada vez que se daba por vencido.

Y ésta última había sido la mejor de todas, la cara del doctor listillo estaba casi verde…

 

Al día siguiente, Marcel, asustado, esperaba con su madre en la cola del practicante a que le pusiera una de las cincuenta inyecciones que el doctor le había recetado.

El practicante lucía la misma sonrisa que el psiquiatra pero igual que él, mintió.

Le había dicho que no le dolería nada y Marcel no pudo sentarse hasta después de la merienda.

Aquella noche, Marcel entre lágrimas dibujó un castillo aterrador, y no mágico como lo que a él le gustaban, una princesa cobarde, que era incapaz de escaparse de un simple dragón ni siquiera de hacerse su amiga todo y el tiempo que llevaban juntos, un dragón malvado y feo y un guerrero también malvado pero guapo, aguerrido y que cantaba de maravilla.

Al día siguiente, Marcel le enseñó el dibujo a su madre, la cual corrió rápidamente a la consulta del doctor.

Éste observó el nuevo dibujo del niño y asintió satisfecho.

-Señora, gracias a los grandes avances de la ciencia médica, podemos afirmar que su hijo está curado.

Mientras tanto, Marcel ojeaba los dibujos que se hallaban en un pesado libro gris encima de la mesa del doctor.

Había una cantidad enorme de dibujos, había más dibujos que canicas tenía él.

Más dibujos que ejercicios tenía su libro de matemáticas.

En todos ellos, guerreros crueles y valientes luchaban contra dragones horribles para salvar a princesas rubias y tontas.

El doctor guardó el dibujo de Marcel en aquel pesado libro gris dejándolo en un alto estante de su despacho junto a otro montón de pesados libros grises.

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Marcel (4 de 5)

La princesa del domingo huyó sin mirar siquiera al caballero, la princesa del sábado lo miró de arriba abajo como si le sonara de algo, la princesa del viernes se rió del caballero por que había cantado muy mal todos esos días, las princesas del jueves y del miércoles se fueron juntas mirándose la una a la otra por que se conocían de muchos y muchos días, la princesa del martes se alegró de no tener que volver a oír los alaridos del caballero y después de darle las gracias se marchó sin darle tiempo a contestar no fuera el caso de que quisiera casarse con ella y la princesa del lunes se lo quedó mirando plantada delante de él. El caballero la miró y le sonrió, ella le sonrió también, él se acercó y ella también, él le tomó la mano y ella dejó que se la tomara. ¿Y tú por qué te has quedado si has tenido que soportar mis malas canciones todos los días? – preguntó el caballero que estaba de lo más frustrado. Ella le sonrió y siguió en silencio. El dragón del lunes que veía divertido la escena le explicó al caballero: -Yo conozco bien a la princesa del lunes. Hemos estado juntos desde el principio todos los días. Ella es sorda y no ha podido oír lo mal que cantabas, pero sí ha visto que pasara lo que pasase, has estados todos los días sin faltar uno intentando rescatarlas. Ha oído a su corazón ya que no ha podido oírte a ti. Y ha decidido quedarse contigo si tú quieres quedarte con ella. No seas tonto, yo las conozco a todas, es la mejor. Es mi princesa. Así que el caballero se montó en su caballo con la princesa y se fue del castillo. Los seis dragones restantes le dieron las gracias por librarles de la penuria de aguantar a las princesas y al dragón del lunes se le escapó una lagrimilla de felicidad. Y así se acaba la historia, ahora los siete dragones viven de vacaciones eternas con el castillo sólo para ellos.

(ánimo sólo queda uno más)

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Marcel (3 de 5)

Marcel pensaba que el doctor se estaba pasando de listo, pensaba que lo sabía todo de sus dibujos ¡y no sabía nada! Y lo que es peor ¿por qué pensaba que debía saberlo? Eran SUS dibujos y él dibujaba lo que quería. Pero era una persona mayor y le había dicho que dibujara un final a la historia del caballero que cntaba mal y esperaba el domingo.

Marcel pensó en qué haría él si fuese el caballero y lo dibujó.

A la mañana siguiente fue Marcel quien fe a ver al doctor.

Al abrir la puerta, el psicoanalista se sorprendió, y le asaltó una sensación espesa, mezcla de sorpresa, curiosidad y un cierto temor.

–         ¡Hombre, Marcel! ¿qué te trae por aquí?

Marcel decidió que el doctor además de no enterarse de nada, se volvía viejo ¡pero si me dijo que hiciera un nuevo dibujo! ¿es que ya no se acuerda? – Me dijo que hiciera un nuevo dibujo y se lo traigo – le espetó Marcel muy serio.

-Hum… así que un nuevo dibujo… vaya, bien… veamos…

Marcel había dibujado el castillo con las siete almenas, siete dragones con siete cabezas con cara de alivio estirados en la hierba tomando el sol que hacía emitir grandes destellos en siete cerraduras doradas que tenía el castillo.

-De acuerdo, Marcel – dijo regalándole de nuevo sus tres segundos de silencio habituales que incluso llegaron a convertirse en seis – ¿sabes? Esta vez no pienso descifrar lo que has dibujado. Cuéntamelo simplemente.

-¿No piensa ni siquiera intentarlo doctor? – preguntó Marcel con una malicia infantil terriblemente adulta.

-No Marcel – el doctor ya sabía que el niño iba a tomarle el pelo dijera lo que dijese, así que era mejor no esforzarse, sentarse cómodamente y disfrutar del relato de Marcel.

-Muy bien, doctor – empezó Marcel con decisión empezó a pasearse por la habitación con las manos entrelazadas e la espalda imitando al doctor, le brindó al hombre los tres segundos de rigor e inició su discurso – Al principio había pensado que lo mejor para el caballero era que cuantas más princesas consiguiera mayora era la posibilidad de que alguna se quedara con él, pero luego se me ocurrió que si yo fuera el caballero el hecho de que se marcharan veintisiete y sólo quedase una hubiese sido un poco humillante, así que el caballero Marcel lo que hace es que canta igual, se hace amigo del dragón, y el dragón le cuenta el secreto de las princesas.

Entonces el caballero se entera, no sé si a su pesar o para su alivio, que las princesas no son diferentes cada día, si no que sólo se añade una y que nunca hubiese conseguido veintiocho princesas ¡son muchas princesas hasta para un dragón tan fiero como aquél!

Como el caballero y el dragón eran amiguísimos, éste le confesó que las princesas eran un poco pesaditas y que se las podía llevar a todas si quería, casi le suplicaba que se las llevara, cosa que hizo sospechar al caballero.

¿Qué iba a hacer él con un puñado de niñatas como las de su clase?

Pero bueno, sólo por liberar al dragón de tan pesada carga, las liberó, sólo tuvo que tocar con la mano las cerraduras doradas por que no eran doradas por que fueran de oro, eran doradas por que eran de sol, y al tocarlas se desvanecieron, y se abrieron las puertas de par en par.

¿Me da un poco de agua doctor? – se interrumpió Marcel, y es que estaba seco de tanto hablar.

El doctor le dio un vaso enorme de agua rapidísimamente, casi se le cayó de la prisa, por que estaba fascinado por la historia del niño ¿qué se le habría ocurrido? Se le estaba yendo todo de las manos.

Después de beber, Marcel dejó el vaso tranquilamente encima de la mesa y se puso a mirar por la ventana mientras proseguía su historia.

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Marcel (2 de 5)

Marcel se aburría muchísimo en la clase de matemáticas y sacó su cuaderno, vio a su caballero pensativo.

De pronto, como una descarga eléctrica, empezó a dibujar.

-Bueno, Marcel, nos vemos de nuevo, amigo – Saludó el psicoanalista cuando le abrió la puerta.

Marcel pensaba que nunca había jugado con el doctor a fútbol por lo tanto no recordaba que fuera amigo suyo.

-Me han dicho que has hecho un nuevo dibujo del caballero que esperaba siempre el domingo.

Marcel asintió de mala gana recordando cómo la maestra de matemáticas le había robado SU cuaderno.

-Veamos…- volvió a regalarle dos segundos de silencio como de costumbre y prosiguió.

-¿Qué está haciendo esta vez el caballero?

Realmente el doctor era un poco tonto ¿no ve que está cantando?

–         ¿Y por qué canta? Ah, ya sé, para enamorar a la princesa que por cierto, veo que sólo hay un dragón, una princesa, un castillo… por fin se ha dado cuenta de que es mejor luchar en lunes ¿no?

–         -No – suspiró Marcel con resignación, desde luego es que este doctor no se entera de nada…-canta para gustar al dragón.

–         ¿Al dragón? – el psicoanalista se iba poniendo nervioso por momentos y su inconsciente le recordaba cierta historia de animales que siempre obligaba a su cerebro a olvidar.

–         Sí al dragón, para vencerle.

–         Claro, porque la música amansa a las fieras, así el dragón se duerme y puede rescatar a la princesa.

–         Noooo, así el dragón se parte de risa porque el caballero canta muy, muy mal. Es caballero, no trovador y poco a poco se va haciendo amigo del dragón. Así, día a día, va haciéndose amigo de todos los dragones de todos los días, así cada día conseguirá a las princesas. Había pensado que por qué conformarse con siete princesas si puede conseguir veintiocho…

–         ¿Veintiocho?

–         Claro, el lunes habrá una, el martes habrá dos, el miércoles habrá tres… si las rescata a todas cada día, tendrá veintiocho princesas para el solo…. – dijo Marcel con un brillo soñador en los ojos…

 

El psicoanalista se sentía tan frustrado como en sus años de estudiante cuando tenía que suplicar y suplicar a los profesores para que le aprobaran las asignaturas. Y es que no daba una con Marcel, así que le propuso un nuevo dibujo.

-Oye, Marcel – dijo adoptando una falsa voz de complicidad que no convenció para nada al niño – ¿por qué no me dibujas el final de la historia?

-Pues me lo tendré que pensar porque al caballero le va a costar mucho hacerse amigo de los dragones. ¿Sabe qué pasa?

El caballero ha pensado que mejor conseguir veintiocho princesas por que puede tardar mucho en conseguir que los dragones se rían de él lo suficiente como para no darse cuenta de que se las lleva. Pueden pasar muchos años y que las princesas sean viejas, entonces sólo se quedará con la que sea más hermosa por dentro, o puede rescatarlas enseguida y a lo mejor, resulta que como son todavía jóvenes, guapas y desagradecidas, se larguen todas con caballeros que sepan cantar.

-Hombre, sería muy mala suerte que absolutamente todas las princesas se fueran a por otro caballero – respondió anonadado el psicoanalista.

-Por eso quiere salvar a las veintiocho, para que haya más posibilidades de que alguna se quede con él.

(continuará…)

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Marcel (1 de 5)

Hace muchos años, Phil y yo escribimos esta historia. Aquellas fueron noches mágicas… y siempre en la distancia.

MARCEL

Marcel dibujó en su cuaderno un castillo con siete almenas que encerraban siete princesas y siete dragones con siete cabezas que vigilaban las siete puertas cerradas con cerraduras doradas del castillo y a un caballero taciturno que enredado en sus pensamientos contemplaba con impotencia el castillo.

 

-Es extraño – se reiteró el psicoanalista y regaló dos o tres segundos más al silencio antes de continuar – Es muy extraña esta postura del guerrero. –Miren, miren- señalaba hacia la espada que el guerrero habia abandonado en el suelo –lo normal es que el caballero en posición desafiante, esgrimiera la espada ensangrentada, mientras los dragones yacieran muertos decapitados en el suelo.

 

El psicoanalista sacó un enorme bloc de anillas donde guardaba doscientos dibujos de niños, con el guerrero empuñando la espada y el dragón decapitado. Los padres de Marcel, miraron atentamente todos los dibujos, cada uno parecía una copia de lo anterior.

 

-¿Qué podemos hacer? – preguntaron los padres angustiados.

-De momento nada –respondió resolutivo el doctor – pero sería de utilidad que pudiera interrogar a su hijo sobre el dibujo.

 

Los padres de Marcel accedieron inmediatamente, anhelantes por una solución para el grave problema de su hijo. El psicoanalista asintió con la cabeza y llamó a la enfermera por un pequeño interfono que se hallaba encima de su mesa y ésta apareció en pocos segundos seguida de Marcel. El doctor hizo sentarse a Marcel en una silla, le puso el dibujo delante, transformó el tono de su voz grave de erudito en un tono grave de erudito paternal, miró directamente a los ojos de Marcel y le dijo:

-A ver, Marcel ¿por qué no lucha el guerrero?

-No puede – susurró atemorizado Marcel.

-¿Y por qué no puede?

-Porque está pensando

-¿Y por qué está pensando?

-Porque tiene una duda.

-¿Y qué duda es ésa, Marcel?

-Duda por que es domingo.

-Ahhh – dijo el doctor- no quiere luchar porque es domingo y el domingo es fiesta y los caballeros no trabajan.

-No –respondió Marcel – No es eso. Si fuera de esa manera el caballero estaría en la playa.

-Entonces ¿por qué no lucha?

-Porque es domingo y hay siete dragones con siete cabezas y las siete puertas están cerradas con siete cerraduras doradas.

-Bueno –dijo el doctor –el jueves también habrá siete dragones.

-No, el jueves habrá cuatro dragones con cuatro cabezas y cuatro cerraduras doradas en cada una de las cuatro puertas.

-Ahh –dijo el doctor- y el martes ¿cuántos dragones habrá?

-Pues dos dragones con dos cabezas cada uno.

-¿Y es sábado?

-Pues seis dragones con seis cabezas.

-¿Y el miércoles?

-Uff, pues tres dragones con tres cabezas –dijo Marcel pensando en lo tonto que era el doctor ¿qué no se daba cuenta de lo obvio?

-¡Y tres puertas cerradas con tres cerraduras doradas! – contestó alegre el doctor.

-Exacto… –dijo Marcel pensado que el doctor se creía muy listo habiendo adivinado algo después de media hora de haberlo dejado todo claro ¡qué listísimo que es el doctor!

-Claro –dijo el doctor- el guerrero está esperando a que sea lunes y sólo haya un dragón con una sola cabeza y una sola cerradura en la única puerta del castillo.

-Nooo

-¿Cómo que no?

-Pues no, porque el lunes sólo habrá una princesa que rescatar, mientras que el domingo hay siete y por eso duda el caballero, porque no sabe si enfrentarse a los siete dragones y liberar a todas las princesas o esperar al lunes.

-Pues que se enfrente a los siete dragones, total…

-Es que siete dragones son mucho dragones, incluso para un guerrero tan valiente como éste.

(continuará…) 

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